Augusto y Gaitán, la nueva clase media

Houston, Estados Unidos.- Augusto Fernández y Nicolás Gaitán fueron rivales en un superclásico. Domingo 18 de octubre de 2008, estadio Monumental. Augusto se ubicó como mediocampista derecho en el River de Simeone. Buonanotte, Falcao y el paraguayo Salcedo completaron el bloque ofensivo. Nicolás se movió de enganche junto con Riquelme en el Boca de Ischia. El colombiano Vargas y Dátolo se sumaron por los costados para no dejar solo a Lucas Viatri. Ninguno de los dos se destacó ni terminó el partido. Salieron inmediatamente después del único gol, marcado por Viatri de cabeza tras preciso centro de Román. Fernández, quien le había cometido la infracción previa a Dátolo, fue reemplazado por Andrés Ríos. Simeone buscaba un poco más de potencia ofensiva. A Gaitán lo sustituyó el lateral José María Calvo. Ischia quería completar la línea de cuatro defensores. Héctor Baldassi había expulsado a Hugo Ibarra diez minutos antes. Luego de ese encuentro, cada uno recorrió su camino.

De Pergamino, en el interior bonaerense, Augusto se fue al Saint Etienne francés en 2009. Duró muy poco. Regresó al país al año siguiente en una gran versión hasta goleadora para el Vélez de Gareca, campeón en el Clausura 2011. Al mismo tiempo que uno volvía, el otro se marchaba. De San Martín en pleno conurbano, Nicolás se sumó al Benfica de Portugal en la temporada 10-11. Premonitoriamente lo presentaron como el reemplazante de Angel Di María, transferido a Real Madrid. Duró mucho. Seis temporadas, 250 partidos y 10 títulos. Había llegado como apuesta, se despidió como capitán e ídolo. Siempre pensó el fútbol como número 10. Le dio igual su posición, wing, medio o delantero. A su juego de gambeta y desborde, le agregó retroceso en defensa. Su crecimiento no se tradujo en minutos con la selección. Maradona y Batista lo incluyeron en algunas convocatorias, pero más para completar el plantel que para integrar el equipo.

Mientras tanto, Fernández se reinventaba como futbolista en Celta, adonde llegó en 2012. Luis Enrique lo mezcló entre su viejo molde de volante por la derecha y el nuevo de interior al lado del cinco. Eduardo Berizzo lo instaló definitivamente en el centro de la cancha. Más contacto con la pelota, más influencia en el juego. Sabella confió en él. Se recuperó en tiempo récord de una lesión y se metió entre los 23 del Mundial. No jugó minuto alguno. Terminó su ciclo en Celta. Había llegado como apuesta, se despidió como capitán e ídolo. Pero en malos términos. Muchos hinchas tomaron su salida en enero de este año como una traición. En el seleccionado es todo coincidencia. Les costó consolidarse, tanto como llegar. Hoy son muy valiosos como futbolistas complementarios de las estrellas. Forman parte de la clase media de Martino. A sus 30 años, el nuevo Augusto ayuda a Mascherano en el eje. El viejo se abre a la derecha delante de Mercado para que el equipo complete la cobertura de ese lado. A sus 28, el viejo Nicolás gambetea, aporta variantes en ataque y se la devuelve a Messi para el gol. El nuevo retrocede y persigue la proyección del lateral rival, sin problemas de perfil. Se lo va a extrañar en semis, ausente por dos amarillas. El fútbol los enfrentó, los emparentó con historias similares y ahora los unió. Luego de la Copa, Atlético de Madrid. También allí serán compañeros.

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