El juego de la silla de los DTs

La música suena. Algunos se mueven libremente por el salón. Otros relojean qué asientos pueden resultarles más cómodos. Un grupito selecto entiende que ya cumplieron con cierto derecho de piso. De golpe, la música se apaga. Y cada uno corre a sentarse donde puede.

¿Cuántas páginas se han escrito sobre la falta de paciencia de los dirigentes del fútbol argentino para sostener proyectos? ¿Cuántas críticas han recibido por cortar procesos de forma abrupta? Muchos elementos son atendibles. En el fútbol argentino sigue existiendo el corporativismo que mira de reojo a los entrenadores que realizan juicios laborales. Así también como varias dirigencias reúsan pagar compromisos adquiridos. ¿Los contratos están para cumplirse? No, están para garantizar a qué consecuencias se debe someter el que decide romperlos.

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Pero los entrenadores aportan su granito de arena a la inestabilidad del fútbol argentino. La cultura del “todo ya” promueve el apuro en las decisiones y también en las evaluaciones: seis meses buenos parecen convertir a cualquier entrenador en un especialista. Son muchos los que deciden abandonar el cargo cuando el viento de sus carreras sopla a favor, apenas con un par de triunfos en el bolsillo. Propuestas del exterior, crecimiento deportivo, desmantelamiento de planteles, problemas económicos; son los condimentos de esta ensalada que expone a los entrenadores y a veces los indigesta.

San Lorenzo aparece como un caso paradigmático pese al orden que consiguió en las gestiones Lammens-Tinelli: después de un poco más de un año y de haber sido campeón, Juan Antonio Pizzi se fue a Valencia. Bauza decidió no renovar después de dos años que incluyeron la conquista de la Copa Libertadores 2014. Pablo Guede vivió 6 vertiginosos meses en el club y emigró a Colo Colo.

Hace algunos días fue Marcelo Gallardo el que confesó que estuvo a punto de irse de River. Pero su antecesor, Ramón Díaz, decidió renunciar luego de ser campeón. En Racing el que dijo adiós fue Cocca. Lo fueron a buscar un año después. Eduardo Coudet no pudo coronar con un título su buen ciclo en Rosario Central, pero su trabajo es bien reconocido. También dejó el banco de suplentes en busca de nuevos rumbos.

Sebastián Méndez y Juan Manuel Azconzábal son casos extraños: clasificaron a Godoy Cruz y a Atlético Tucumán a la Copa Libertadores, pero ambos decidieron renunciar. El primero suena, y sonará, en clubes como Rosario Central, Colón e Independiente. El segundo decidió cambiar el norte argentino por Parque Patricios. Del tour por Sudamérica a la pelea por la permanencia.

En Colón se quedaron con bronca por la salida abrupta de Paolo Montero después de un buen semestre. Lo buscan varios. Jorge Burruchaga renunció después de levantar en cinco partidos a Sarmiento de Junín. Madelón se alejó de Unión y consiguió lugar en Belgrano de Córdoba, donde supo mandar Ricardo Zielinski durante un buen rato. El Ruso no soportó algunas cosas en Racing y se fue. En la vereda de enfrente fue Gaby Milito el que decidió dar un paso al costado después de menos de seis meses de trabajo. Ariel Holan también fue muy reconocido por su labor en Defensa Y Justicia, al que abandonó por malos resultados. Sondeos no le faltan.

Es entendible la necesidad de crecer y también la especulación para aprovechar la cresta de la ola (olita, muy chica en este fútbol argentino) antes de bajar y que los dirigentes no te dejen ni la tabla ni la maya. La impaciencia de un lado redunda en impaciencia del otro. Saben que hay sillas disponibles. Ahora son nacionales o importadas. Saben que si se quedan sentados pueden quedar fuera del juego. Y bailan. Se mueven. Miran alrededor y esperan que la música se apague para encontrase, apenas un rato, en un lugar que les siente más cómodo.

Por Iván Sandler para VarskySports.

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