Cuando cerrar puede ser abrir

Luego de la derrota en el Superclásico del último domingo, Marcelo Gallardo afirmó: “Si hubiéramos ganado, dirían que meter a un jugador como Rossi, más metedor, fue algo inteligente. Si hubiéramos ganado, no me preguntarían por los errores de la defensa. Boca también marcó mal y no le están preguntando eso al entrenador que ganó”.

La lectura orientada a partir de un resultado, práctica dominante en general y que el DT de River expone, no deja margen para demasiado análisis más allá de la repartición de puntos. Atender al desarrollo y las variantes no implica necesariamente explicar por qué un equipo ganó y otro perdió. Las variables que entran en juego para determinar cómo finaliza un partido son múltiples. Cualquier explicación monocausal pecará de insuficiente.

“¿El cambio de D’Alessandro hizo que Batalla se equivocara en el gol del empate?”, se preguntaron muchos. Plantear esa dicotomía es una simplificación, amén de la respuesta que le quieran dar a esa pregunta. ¿Cómo incidió en el desarrollo la salida del 22 y el ingreso de Rossi? Trataremos de hipotetizar sobre eso. ¿Entonces nuestra conclusión servirá de explicación para entender el 4-2? De ninguna manera. Pero podría servir para entender qué cambió, qué elementos del juego se ven potenciados en unos, cuáles perjudicados en otros y qué riesgos maximizados. Pero el resultado es otra cosa y se explica por muchas variantes más, como por ejemplo la calidad individual de un jugador como Tevez.
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En el fútbol, como en otros ámbitos, se suele apelar a frases cortas, vertidas como verdades reveladas, que tendrían la capacidad de explicar todo siempre. Son absolutos. Una es la famosa “cerrar el partido”. Como si un equipo fuera capaz de hacer eso. Como si la forma de sostener el resultado fuera únicamente cambiando jugadores con características y roles, en principio, ofensivos, por otros defensivos. El ingreso de Rossi por D’Alessandro se enmarcó dentro de esta lógica. Y es otra pata de la cuestión. No sólo quién sale, sino quién entra y para qué.

Fernando Gago sufrió durante 60 minutos la presencia de un enganche en su espalda. El rival tenía y manejaba la pelota (al menos desde los 20 del primer tiempo), pero además lo obligaba a retroceder y lo alejaba del circuito de juego del medio, y sobre todo de su sociedad con Tevez, poco abastecido. En este caso, a River le funcionaba bien tener un volante detrás de la línea del mediocampo rival. El ingreso de Rossi resignó ese elemento para sumar un nuevo jugador por delante. Pero el ex Banfield no entró para tomar al cinco de Boca como alguna vez había ensayado Gallardo con Ponzio ejerciendo esa presión y con Kranevitter como eje. Se plantó en línea con su compañero, liberó el juego de Gago y esa posesión perdida se tradujo en dominio del rival.

Un doble-cinco que duplicaba funciones de marca, que por falta de escalonamiento (se suele dar mejor cuando obligan al enganche a tapar al volante central) se quedaba fuera de la jugada con un pelotazo o un pase vertical del ex Real Madrid para alguno de los compañeros que se tirara a buscar en ese sector (lo hicieron Tevez y Centurión), y se perdían opciones para progresar con pelota, lo que implicaba retrasar unos metros al equipo o dividirla con inferioridad numérica en ataque. Esos desajustes complicaron el funcionamiento ofensivo, pero también el defensivo.

Una semana antes había sucedido algo muy similar en la victoria por idéntico resultado de Boca sobre Racing. Zielinki apeló un mediocampo “combativo” con Cerro-González-Aued. En este caso, Oscar Romero partía desde la izquierda, con obligación de retroceder por ese lado. Cuando el equipo tenía la pelota las opciones detrás de la línea de volantes rivales eran escasas. Lo mejor se veía cuando el paraguayo se tiraba adentro a buscar el pase filtrado. Pero en la faceta defensiva en lugar de preocupar a Gago por recuperar la pelota, lo dejaron manejarla, lo esperaban con mucha gente de frente y le permitían encontrar a sus compañeros a partir de una gran pasividad para marcar. Allí también, darle la libertad al volante central para acumular gente de frente, cubriendo el ancho antes que el largo implicó un crecimiento del juego de Boca.

No existen recetas mágicas en el fútbol. No se conocen moldes y modelos infalibles, que no deban atender a las características propias y del rival. No hay un “Paso por paso: cómo cerrar un partido”. El ingreso de Rossi y no, por ejemplo, de Andrade, fue hasta señalado por el propio Gago como un punto de quiebre. Porque le permitió manejar la pelota. Porque alejó a River de Werner. Porque acercó al cinco a Tevez. Porque a veces abrir significa cerrar y cerrar significa abrir.

Iván Sandler para VarskySports.

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