El fútbol te da alas

Es el proyecto empresarial con anclaje futbolero más importante de las últimas décadas. Una telaraña inteligente con la posibilidad de atorar y a su vez dar un paso de baile y confundirse gracias al éxito con una bufanda de seda o una caricia. La historia del Red Bull de Leipzig -Rasenballsport por cordones reglamentarios- actual puntero de la Bundesliga con el cuasi inquebrantable Bayern Munich, citó a duelo al capitalismo y lo artesanal, a la prepotencia de la chequera y al sentido de pertenencia, para luego mezclarlos en una ensalada fascinante. Un caso que le pregunta al fútbol si realmente es fútbol, si está cambiando o si siempre fue así y no se dio cuenta, o si simplemente es un hipócrita o el nuevo siglo lo devolvió a la edad del pavo.

rangnick

¿Qué es jugar bien? ¿Cuántas veces, intencionalmente, gran parte de la cofradía mediática destiñó los vínculos lógicos con el interrogante y los matizó según su conveniencia con tatuajes de tinta de outlet como “jugar lindo” o “ganar, cómo sea” para que quedara un mamarrachito o un desastre según el proceso de limpieza posterior y nunca quedara claro?

Para las empresas, jugar bien es hacer lo que les conviene en el momento que les conviene. Puede ser tirar la casa por la ventana, pasar billetes por la lavadora, huir como ratas dejando deudas o revolucionar el Planeta Fútbol para bien, pero si les conviene, solo si les conviene. No hay ideologías.

Las sociedades anónimas deportivas también son parte del fútbol, nadie puede mirar ingenuamente hacia otro lado y, a su vez, apuntan esencial y casi exclusivamente al éxito económico-financiero: no les interesa el cómo. Sería un suicido romántico ir a sus brazos con los ojos cerrados, pero no todas son iguales; a todas hay que aplicarles contexto. No es lo mismo el espantoso caso Corinthians que la burbuja que se posó sobre la Premier luego del proceso privatizador de las empresas rusas. No es lo mismo, más allá de desagradables resultados finales, el proceso Blanquiceleste que el proyecto Torneos con Argentinos Jrs. en Mendoza. No son siempre un cuento de terror. No son nunca un cuento de hadas. No son cuento, por eso hay que tener infinito cuidado antes de decidir.

El hincha caerá alguna vez en el pozo que esconde la pregunta ¿cuántos campeonatos vale mi escudo original? A la sociedad anónima deportiva poco le importa la ecuación sentimental mientras los balances arrojen los resultados esperados o tenga las redes de rescate si el proyecto fracasa. El modelo de juego, la empatía y las simpatías, y el valor social pasan a planos subterráneos en la autopista hacia el objetivo. Cuando se encuentran es por el atajo de la casualidad, aunque algunos interpreten que ese atajo es solo un espejismo.

Red Bull llegó a Leipzig con un padrino de lujo: Franz Beckenbauer, uno de los mejores futbolistas de la historia. Uno de esos que hizo de la inteligencia su mejor recurso. El Kaiser fue claro: el cofre más preciado está en el este alemán, en Leipzig, cuna del primer campeón de la historia y pozo ciego de cada intento tradicional en más de medio siglo.

La aventura debería hacer foco en el talento: en comprarlo y en cazarlo. La ciudad ya contaba con un estadio de elite construido para el Mundial 2006 que iba camino a convertirse en un elefante blanco. Era una joya en un baldío, un verdadero desperdicio, algo así como comprarse una Ferrari para ir al supermercado chino de la vuelta de casa.

Red Bull aterrizó “deportivamente” en Alemania luego de experiencias satisfactorias en escenarios de poco riesgo como Austria. Al tiempo que definía patrones de desarrollo en África y en Brasil y desplazaba sobre su mapa una ficha que lo linkeaba a Argentina (la que dejó de lado y en la que vuelve a pensar para 2018), chocaba en su intento de adquirir al Sachsen Leipzig, por entonces en 4ª División. El plan de los empresarios contemplaba una inversión cercana a los 120 millones de euros durante una década, unos 6 millones por quedarse con el club y cláusulas con resarcimientos módicos en el caso de no cumplir las metas de lograr al menos dos ascensos en ese plazo. Fue la DFB la que le estampó el stop al acuerdo. Las autoridades del Sachsen habían aceptado luego de varias reuniones y asambleas en las cuales los hinchas no se rendían ante el mal menor de respirar artificialmente.

Sin embargo, fue esa lucha la que puso el caso en pantalla nacional e impulsó la decisión de la DFB. En ese momento, las encuestas planteaban un 95% de oposición a la venta del club. En octubre de 2016, con Red Bull Leipzig en la Bundesliga, un diario local realizó dos sondeos. La primera consulta apuntaba a qué hubiera contestado el hincha del Sachsen si el acuerdo le aseguraba llegar a la Bundesliga. El 75% respondió que lo hubiera firmado. La segunda pregunta fue ¿qué contestaría hoy ante un proyecto similar? El 35% dijo que lo aceptaría, el 40 que lo pensaría y solamente el 25 aseguró que lo rechazaría.

Red Bull negoció con el Munich 1860 y el Fortuna Dusseldorf. Según la prensa, maniobras de distracción, porque el objetivo siempre fue Leipzig. Necesitaban a un club capaz de entregar todo: nombre, escudo, piel. Necesitaban su identidad, sus huesos y una geografía fértil. Ellos se encargarían de maquillarlo, vestirlo de gala y ninguna institución con el orgullo futbolero enraizado al alma lo hubiera permitido. No precisaban a un club débil: precisaban a uno quebrado. Y eso se llama negocio. Ni solidaridad, ni piedad ni interés por hacer de un club o una zona algo mejor.

La empresa contrató a un grupo de abogados de primer nivel y expertos en derecho deportivo, volvió a reunirse con Beckenbauer y se prendió la lamparita: buscar un equipo de 5ª División para gambetear las leyes de la DFB. Así dieron con el SSV Markranstädt. El proyecto estuvo a punto de caerse cuando comprobaron que no podían rebautizarlo como Red Bull Leipzig, pero entendieron que, si hacían las cosas bien, no habría forma de ignorar la asociación entre la marca y el club, el cual modificó su nombre y se registró como Rasenballsport Leipzig.

Las primeras camisetas no tenían escudo ni apellidos estampados. De no ser por la calidad, el diseño los acercaba más a un equipo de plaza que al proyecto de una de las firmas más importantes del mundo. Pero el tema del logo tenía una explicación: había que cambiarlo. El SSV Markranstädt se estaba quedando desnudo y anoréxico y pronto no sería ni una sombra.

Como parte del proyecto, los inversores compraron a un grupo de clubes satélites del Sachsen, al cual abastecían de talento para su estructura formativa. Entusiasmados por los resultados favorables, pero descontentos porque la sensibilidad popular estaba lejos de abrazarlos, fueron por más e intentaron quedarse con todos los clubes formadores de la zona, lo que provocó el primer conflicto grande con las instituciones más importantes de Leipzig. A partir de ese momento, se consolidó una catarata de respuestas violentas al proyecto que fueron desde ataques a las instalaciones del Rasenballsport Leipzig con bombas de olor y piedras, amenazas a sus autoridades y hasta un intento por quemar el césped de la cancha en la cual se entrenaban.

El Rasenballsport Leipzig logró su primer ascenso por demolición. Aplastó a cada rival hasta sellar el pasaporte a 4ª División con 22 puntos de ventaja. Ya había cerrado un criticadísimo convenio para quedarse con el estadio central hasta 2040. Parecía que nada los detenía, pero se estancaron deportivamente, los números no cerraban y hubo una reunión clave para determinar si se le vendía la plaza a un grupo inversor tailandés.

Cuentan que el acuerdo de venta estaba tan encarrilado que tenía fecha de firma cuando apareció sobre la mesa un nombre y un hombre: Ralf Rangnick, conocido de Dietrich Mateschitz, uno de los dueño de la empresa, con quien se había encontrado una semana antes en un cumpleaños. Era la última carta de Red Bull, y fue todo: as de espadas, comodín, la mejor para cualquier juego.

Rangnick desembarcó a pleno en Leipzig en 2013, luego de llegar a semifinales de la Champions League y ganar la Copa de Alemania con el Schalke. Exigió que su primera reunión con la dirigencia comenzara a las 6 de la mañana. Quería establecer disciplina con el horario y descubrir si a esa hora iban a estar lo suficientemente despiertos como para escucharlo, entenderlo e interrogarlo. Casi tres años después, comentó: “La verdad es que no entendían nada, pero me respetaron y como conocía al dueño de Red Bull decidí seguir. El fútbol no es esencialmente un negocio, pero puede desembocar en ello. Para lograr el éxito necesitas a gente del fútbol, no a un par de gerentes”.

La sabiduría del fútbol acudía al rescate de la incapacidad empresarial. Sí, en ese pequeño escenario dentro de la vida de Red Bull, fue el fútbol el que salvó a la empresa.

En esa primera reunión se planteó que el presupuesto más importante debía ser para las inferiores y para comprar a jugadores menores de 23 años. Ningún refuerzo podía superar esa edad porque, según Rangnick, era cuando se marchitaba la curva de aprendizaje. En la charla solicitó que Frieder Schrof, director de inferiores del Stuttgart que moldeó a Khedira y Mario Gomez, entre otros, fuera su mano derecha.

Casi 20 millones contemplados para incorporar a refuerzos de elite en los próximos años fueron destinados en ese momento a construir la ciudad deportiva más grande de Alemania y a contratar a los formadores más exitosos del este del país. “La receta es muy simple”, dijo Rangnick, y remató: “Primero, tienes que identificar el talento. Segundo, tienes que seducir al talento. Tercero, tienes que tener a los que esculpan mejor a ese talento. Cuarto, tienes que llevar a ese talento al mejor escenario de debut y venderlo cuando lo hayas exprimido al máximo o tengas un reemplazo listo que lo supere en calidad”. Parece fácil, no lo es, o quizás sí, al menos para él.

El Rasenballsport salió al mercado de juveniles con la voracidad de una piraña, pagando cifras cercanas al medio millón de euros por jugadores de 14 años y, según denuncias de otros clubes, ofreciendo contratos extravagantes a menores. Esa conducta llevó el enojo del resto de la comunidad del fútbol alemán al siguiente nivel: el odio. Red Bull te da alas, pero no te convierte en un ángel.

“Es como correr una carrera de regatas y que una tenga un motor turbo incorporado”, declaró Christian Muller, director deportivo del Dynamo de Dresden, el club que impulsó la principal queja ante la entidad madre del fútbol alemán junto al Eintrach Frankfurt.

El Rasenballsport tiene todos los ingredientes que tradicionalmente se desprecian de una sociedad anónima deportiva y, cuando estuvo a punto de morir, lo rescató un hombre que piensa las 24 horas en fútbol. Hoy, esa imagen se mezcla con él éxito deportivo de un proyecto revolucionario que contiene a los juveniles, que es admirable desde su forma de juego, sus instalaciones, la educación que le brinda a sus futbolistas, el desarrollo en nutrición, psicología deportiva, manejo de redes sociales y mucho más. Comparte la cima de la Bundesliga con Bayern Munich. Cada día tiene más hinchas. El odio del rival se acrecienta, pero el imparcial lo mira de otra manera y varios quieren imitarlo. No hay dos sociedades anónimas deportivas iguales. No hay recetas mágicas. Es mentira que el modelo de clubes como asociaciones civiles sea deficitario. Hay que ir caso por caso con la mejor lupa. Ralf Rangnick hay uno solo.

Por Matías Muzio para VARSKY SPORTS

Relacionadas